jueves, 9 de septiembre de 2010

WESTWOOD II

Siempre fui un poco fanfarrón, un metepatas de verdad y de vez en cuando sigiloso. Metepatas en los errores y silencioso en rectificar, para lo de ser un fanfarrón no tengo excusa.
Me encantaba el olor a playa, el ruido de las olas rompiendo en la orilla y la arena caliente; te hacía ir corriendo hacia la orilla y tocar con la punta de los dedos el agua limpia y clara. Hacía que me olvidase de todo porque en ese momento no había nada mejor que el agua taponando las heridas, no había problemas. Era como sentirte un niño pequeño, era como volver al pasado, ese que te hacía mover ilusiones.
A lo largo del camino he cometido errores, errores grandes y pequeños pero por alguna extraña razón los errores pequeños me pesan más que los grandes.
Como he dicho antes, me encantaba el olor a playa; solía veranear en Westwood, al sur de California. Era un pueblo pequeñito pero estaba lleno de vida, sobretodo en verano, con ese olor a playa, las olas y las mujeres.
En el verano del 98 conocí a Vivienne y pasó de ser una conocida a ser mi mejor amiga, convirtiéndose así en la mujer a la que amaba. Y creo que aún sigo amando…Porque,¿ no se supone que cuando has amado a alguien y se va de tu vida, aún sigue en tu corazón? Por eso sé que la he amado y que en cierto modo sigo haciéndolo. Porque la noto presente en mis cartas, en mi sofá, en mis camisas y en mis sábanas.
Aquel verano del 98 conocí el amor, el engaño y la amistad. Creo que ahí fue cuando empecé a salir del nido, o por lo menos a asomar la cabeza. Y es que cuando la vida te enseña las cartas la única solución que te queda es barajar y jugar bien.
Vivienne era alta, pelirroja y pecosa. Poseía unas pecas tremendamente sexys alrededor de sus mofletes y por sus hombros, esos hombros que se desnudaban para mí y me hacían sentir el hombre más vulnerable del planeta. Cuando Vivienne se desnudaba para mi hacía temblar la tierra y cuando se posaba encima de mí, en ese momento el mundo perdía sentido, se quedaba en silencio y nos observaba desde lejos.
Era mi amante en la cama y mi amiga en el sofá, pero de repente los papeles se congelaban y se convertía en mi amante en la cama y en el sofá. Lo de ser amigos lo dejábamos para después. Lo dejábamos para un futuro sin saber que no lo habría y perdí a mi amante y a mi amiga, esa del futuro.
Porque la vida es como un tren sin paradas y los segundos solo se congelan cuando menos lo deseas, cuando menos lo esperas.
Pero sigamos con aquel verano del 98, ese en el que aprendí a ser persona. Cuando pasas tanto tiempo con ciertas personas, se olvida la cortesía, se olvida la galantería, se olvida el querer.
Rich era mi mejor amigo, era mi hermano y de cuando en vez, también ejercía de padre. Pero como dije antes, con el tiempo se olvidan los buenos modales y sin querer queriéndolo, me enamoré de Vivienne, su prometida.
No es que la culpa fuese de ella o mía. A día de hoy no creo que nadie tuviese la culpa. Ella no me seducía, ni yo a ella, solo nos encontramos una vez en un cruce de miradas y el tren se quedó sin paradas y no fuimos capaces de decir que prosiguiese en su trayecto.
Fingía por el día amistad y por la noche perdía la compostura, perdía la postura. No alcanzo a saber exactamente en que casual momento perdí los estribos, la lealtad y la confianza pero la baraja de cartas que la vida me había regalado terminó mostrándose y Rich no tuvo otra opción que enterarse, la verdad salió al alcance de todos y yo decidí esconderme. Sólo tuve que ver la mirada de mi amigo y supe que jamás seríamos los mismos. De Vivienne y Rich tan sólo puedo decir que el camino que un día decidieron emprender enlazados, terminó por separarse en distintos senderos y Vivienne no me quiso en el suyo. Me apartó y ni siquiera me di cuenta. Siempre me quedará la duda de saber qué fui yo para ella.
Trabajo como columnista en el New York Times y esta no es más que la historia de tres amigos que veraneaban en un pueblo al sur de California. Esta es una historia de ficción. O no. Quién sabe. Hoy en día el mundo está patas arriba y nos saluda mirándose el ombligo.

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