sábado, 12 de junio de 2010

DEMASIADO TARDE

Oí un ruido. Un ruido de llaves. Ya había llegado.
Entro en la sala con pesados tacones dejando su chaqueta en el olvido pero no su bolso de cuadros escoceses, y pronunciando mi nombre con un timbre de voz sereno fui en su procura.
Sus ojos expresaron profundo desanimo y sus manos frías me tocaron con ternura. Llevaba ya un tiempo sin saber de ella y todavía no me acostumbraba a la ausencia de sus desasosiegos.
Mi voz sonó temerosa. No quería saber de la presencia de la realidad. Ella era todo lo contrario; semejaba paz y seguridad y no tuve garra suficiente para desvanecer sus palabras. Con la misma mano fría que hacia unos minutos me había tocado con total tranquilidad y cariño, saco de sus cuadros escoceses unos papeles. No había vuelta atrás.

-¿Preparo café?
-No estaría mal.
-De acuerdo. Volveré enseguida.
Y fui hacia la cocina. Sabía que no podía hacer nada. Quizás solo me quedaba preparar el café. Y nada más
Volví al salón.
-Solo quiero que firmes. Te explicaría un millón de cosas pero me conoces y sabes que no seria la mejor opción, sabes como soy.-Me lo dijo como si quisiera algo más, como si esperase algo más…
-¿Dónde tengo que firmar?-Y no dije nada más. Los finales felices no existían y yo eso lo tenía muy claro.
Yo le había echo mucho daño. Durante los años vividos con ella cometí pesados errores que desaliñaron mi futuro a su vera. Mi ausencia había sido notoria desde que mi empresa triunfo. No había estado en los momentos que su pequeño y frágil ser me anhelaba, ni tuve tiempo para llorar cuando Fernando había fallecido. No estuve al lado de Beatriz para susurrarle al oído que todo iría bien. Y la línea telefónica era pésimamente grotesca. Ni siquiera intente estar ahí. Mi cabeza pensó que un ramo de flores acompañado de una tarjeta dándole mí mas sentido pésame serian suficientes para calmar tanto dolor. Y se equivoco, no me alcanzaron los segundos para debatírselo. Y el tiempo pasó.
Mi oficio abarcaba todo mi ser y s comportaba con total egoísmo y me faltaba fuerza de voluntad.
Pedro crecía. Pedro decía sus primeras silabas. Pedro gritaba y Pedro lloraba. Y yo no estaba. El no me echaba de menos pues tan apenas tenia unos años pero yo si le echaba de menos. Yo lloraba y gritaba por Pedro en las noches vacías donde no habían galas lujosas ni papeles acumulados en la mesita de noche. Y no me quejaba de día. No me quejaba de día porque pensaba que mi familia estaba bien, tenia de todo y yo me excusaba mis viajes repentinos con duración inexacta pues lo hacia por ella. O por mí. Ahora ya no lo tengo tan claro.
Y cuantas veces falle en mis palabras. Y cuantas veces le falle a mi palabra. Y no me echaba la culpa de que últimamente supiera tan poco de Beatriz. Me gustaba levantarme y oler la ausencia de Beatriz en las sabanas, oler el café recién hecho y la taza sin lavar. El secador en el lavamanos y el cajón de los zapatos revueltos. Observaba esos detalles y los guardaba. Y ya no los tenia, no se que había pasado con ellos. No se si se habían escapado porque se sentían fuera de lugar o si se habían escapado porque se sentían olvidados.
Y no vi que seguían estando y que era yo el que estaba en el olvido.

A menudo recibía llamadas telefónicas de Beatriz y oía algunos monosílabos que Pedro, temerosamente decía.
Cuando mis viajes eran mas largos de lo habitual, Beatriz le hacia una visita a mi hotel. Se desvanecía en mi cama y entonces esas noches que no estaban cargadas por trabajo, se convertían en una película donde ella y yo éramos los protagonistas.
Le quitaba el vestido poco a poco, siempre que venia, su piel calzaba un precioso vestido, y le besaba lentamente el cuerpo. Su piel era suave y olía a melocotón. Mi lengua percorrìa su endeble ser y mis manos palpaban su deseo. El deseo de sentirse abandonada en el placer. Yo apuraba ansiado el recorrido. A la mañana siguiente desayunábamos juntos y ella marchaba. Pedro la esperaba. Pero eso era cada vez menos frecuente en mi vida. Supongo que porque Beatriz se estaba dando cuenta de la realidad y yo no. La realidad de que solo pensaba en mí.
Había pasado un vuelo largo desde Nueva Cork y cuando llegue a mi casa, a unos pocos kilómetros de las ruidosas calles de Madrid, lo único que deseaba era darme un baño caliente; pero mis ganas se ahogaron.
Subí las escaleras y cruce el largo pasillo hasta la habitación de Pedro. Pero note su ausencia .Su cama estaba hecha y no había rastro de él.

-Beatriz, ¿Dónde esta Pedro?
-En casa de mamá. Pasaremos unos días ahí.
-¿Pasaremos?
-Si, Jorge. No creo que llegue a entenderlo jamás. Tus ausencias, tu trabajo, tú. No te entenderé nunca.
-Lo hago por nosotros. Por ti, por Pedro, por nuestra familia.
-No haces nada por mí, ni por Pedro. Nunca estás y yo me he cansado.

Y empezamos a discutir como quizás nunca nos había pasado. Y entre gritos y gritos nos sumergimos en una terrible pelea.

-Quería tomarme un tiempo. Quería alejarme de ti. Quería saber si seguía queriendo estar con un hombre desconocido. Creía que necesitaba tiempo para saberlo pero me temo que les he encontrado respuesta a esas preguntas. Me voy. Mañana a primera hora vendré para recoger nuestras cosas, las de Pedro y las mías. Espero que no te encuentres en ese momento. Y volveré. Volveré con el divorcio.

Y se fue. Esa mujer que hacia unos cuantos días había estado en mi hotel, en mi cama, ya no estaba, ni volvería. No volvería a tener a Beatriz entre mis brazos arropándome. Los días pasaron y n me moleste en llamarla para convencerla de que la quería. De que las cosas cambiarían. Me quede sentado en el sofá día tras día pegado al teléfono. Al teléfono para qué…Y los días seguían pasando y Beatriz no daba señales de existencia alguna.
Observaba con admiración los dibujos de Pedro y las pequeñas cartas que Beatriz me mandaba cuando estaba de viaje. Cuanto amor había en eses párrafos, cuánto amor que ya no estaba, al menos no a mi lado. Yo no estuve a su lado y ahora tenia que pagarlo, no me quedaba otro remedio.
Hace una semana estaba en el jardín. Graciosamente estaba sulfatando las patatas pero el ruido del teléfono interrumpió mi labor. Agilice el paso. Las manos me sudaban, cogì el teléfono y pulse la tecla color verde. Finalmente contesté:

-¿Diga?
-Me parece raro que te encuentre en casa. Pero bueno, da igual. Quería decirte que me gustaría que nos viéramos. ¿Te parece bien?
-Si. ¿Estáis bien? – Atine a preguntar sin parecer desesperado.
-Si, estamos bien. A las cinco y media en tu casa. Llevare los papeles.
-¿Los papeles? ¿Que papeles? – Claro que sabia de que papeles estábamos hablando… pero tenía la intención de que mi lógica estuviera del todo equivocada. También quería oír su voz tres segundos más.

-Pi, pi, pi …

Y colgó así. Sin más. Me quede de pie al lado del sofá donde tantas veces me había reído con ella y me di cuenta de que hiciese lo que hiciese jamás volvería.
Beatriz era una mujer de decisiones definitivas. Tardaba en tomar un camino pero cuando lo tomaba, pasara lo que pasara ese sendero, no miraría hacia atrás.

-Es aquí. Y aquí. Y aquí.- Y pasando hoja por hoja fui firmando allí donde ella me lo pedía.- Gracias Jorge.
-Gracias por nada. – Hubo una mirada. Un momento de pasión. Un momento sacado del pasado. Esos ojos negros, penetrantes y misteriosos que parecía que habían vivido una vida misteriosa, me había dicho algo más. Algo que no decían sus palabras, pero se fugaron. Su mirada lentamente se fue alejando de la mía y se esfumó. Recogió los papeles de la mesa del salón y le dio el último sorbo al café. Y esta vez solo se oía el susurro seguro de sus altos tacones. Había dejado las llaves en el recibidor, como hacia diez minutos. Quería dejarme claro que no volvería. Lo consiguió.

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