A menudo escucho por las calles de mi pueblo, hablar de él como si estuvieran tratando de un niño. Sí, mencionan cómo ha cambiado, cómo ha crecido, que hace diez años no era así… Y es asombroso ver cómo las constructoras han hecho de él un sitio oscuro, tenebroso y demasiado uniforme. Uniformemente urbanizado.
El pueblo en el que vivo ha cambiado mucho estos últimos años. Demasiados edificios. Un sinfín de trofeos económicos a base de sobornos y de corrupción. Se soborna y se corrompe. Se corrompe el paisaje. En mi pueblo antes se veía verde, ese verde vivo de mi despertar, de las mañanas desde mi balcón. Donde se podía visualizar una frondosa carballeira, ahora simplemente verás el adosado de mi vecino. Al bajar por las calles de mi colegio me encontraba con numerosas y pequeñas huertas a mi paso. Huertas convertidas ahora en simple pasto para supermercados. Han sido suplantadas por superficies comerciales que tan de moda están ahora. El paisaje de mi pueblo ha ido degenerándose en la imagen frívola que ofrecen las naves industriales. Por un cúmulo de edificios sin nombre.
Tan solo veo cómo se escupe asfalto entre el cemento esculpido, entre esas fantasmagóricas naves.
El humo tóxico es mi oxígeno y mi panorama es ese paisaje oprimido por la necesidad de crear dinero. Es mi pueblo, sí, pero quizás también sea el tuyo. El tuyo y el de muchos. Y es que la Naturaleza está siendo arañada en sus propias raíces. A este mundo le da igual echar cemento de por medio y dar media vuelta con tal de llenar el bolsillo. Destruimos maneras de vivir, arrancamos hierba y sobreexplotamos el horizonte. Pero claro, pertenecemos a un mundo Occidental. Somos el Primer Mundo. Y yo tengo en mi memoria aquellos vagos recuerdos de cuando mi pueblo respiraba aire puro. Cuando tan solo bastaba una mera vista para saber que albergaba vida Recuerdos que ahora son humo tóxico. ¡Qué orgullosa me siento!
0 comentarios:
Publicar un comentario