domingo, 13 de junio de 2010

WESTWOOD

Cuando encontré el viejo diario un escalofrío me recorrió. Sentía que los años se habían congelado y retrocedido de repente. Y la nostalgia me invadió, se apoderó de mí e hizo conmigo lo que al antojo le apetecía.
Sentía que volvía al lugar en donde mis sueños habían nacido. Esa arena daba un paseo por mi mente y las buenas amigas volvían a salir del baúl.
El diario seguía en el mismo sitio donde lo había dejado. En el desván. La alianza se resbalaba del dedo, los pálpitos eran más intensos y la sonrisa se mordía el labio inferior. Los recuerdos florecían y las dudas me vestían. ¿Qué haría con ellos? No pude contenerlo. Tuve que retroceder 10 años atrás y telefonear.
Mientras esperaba, el cigarrillo de las cinco se adelantaba para las cuatro y media y los tacones pesaban. La cabeza pensaba en las páginas escritas ante el paisaje, ante las amigas peinándose, ante el vaivén de las miradas cómplices.
El momento llegaba, las podía sentir, incluso oler. Pero lo que oí fue el timbre.
-Has tardado diez años en llamarme, ¿qué evento emocionante ha surgido? ¿Te han publicado otro libro y deseas regocijarte? – Paola cuando quería, podía herir.
-No te recordaba tan sutil. Pasa y tomemos una copa.
-Prefiero esperar aquí por Lindsay.
-Como quieras. Esperaremos juntas.
Los segundos me ahogaban, era como si una soga me atase a lo alto de una montaña. Pero por fin llegó.
-No te recordaba tan alta Clarisse. ¡Ah! Son los tacones.
-Bueno, ya estamos las tres.
-¿Te vas a morir?
Lindsay fue siempre así. Sarcástica, cínica, odiaba la Navidad. Y con los años, eso no mejora, empeora.
-No, no tengo pensado morir.
Y las tres llegaron al salón. Se sentaron. Paola y Lindsay se quedaron mirando los cuadros, las estanterías cargadas de libros, el mini-bar… ¿qué había pasado con Clarisse? Se preguntaban. Hace diez años quería vivir apartada del mundo, con su novio de aquella y viajar sin parar, no quería casarse y quería escribir por ocio. Ahora era una mujer de best-seller y llevaba diamantes. El tatuaje ni se divisaba.
-Vamos Clar, ¿qué ha pasado para que decidas que debemos vernos después de diez años separadas las unas de las otras?
-Hacía diez años que nadie me llamaba Clar. Paola, Lindsay, mi padre ha muerto hace dos días. Lo sé, no tengo motivo para llamaros, a fin de cuentas qué más os dará, ha pasado mucho tiempo. Pero en un momento de debilidad subí al ático y encontré nuestro diario, sobra decir que los recuerdos me penetraron.
- Charles ha muerto. Charles ha muerto. –Se repetía una y otra vez Lindsay.- Con una tarjeta o una llamada de tu manager me hubiera bastado. ¿Qué se supone que debo hacer? ¿Darte un abrazo y decirte todo irá bien? Me costó mucho imaginarme la vida sin Westwood, sin mis amigas entrelazándome los sueños. ¡No puedo hacer como si no hubiesen pasado diez años!
-¿Desde cuando te has vuelto tan frívola?- llegó a pronunciar Paola en un esbozo de incredulidad- Charles ha muerto, Linds nos ha llamado porque se acordó de nosotras. ¿Sólo se te ocurre pensar en ti misma?
Lindsay había sufrido mucho cuando Clarisse se fue y cuando Paola, detrás, pensó que no tenía sentido seguir ahí, donde el mar les había roto las esperanzas.
Solían veranear en Westwood. La arena, el sol y las rocas les había otorgado a las tres un paraíso de sueños, de ilusiones, de promesas y anhelos. Las tres se habían unido un día sin querer y decidieron que jamás se separarían. Que lucharían contra la marea alta, el fuerte oleaje y la arena mojada. Lindsay había estudiado la carrera de Arquitectura en Harvard y se había convertido en la arquitecta mejor pagada y reconocida que recuerde. Sus diseños eran impactantes, estaban cargados de emoción. Aquella niña que odiaba la Navidad y estaba enfadada con el mundo había encontrado la manera de plasmarlo en arte. Era egoísta, distante y racional pero siempre supe que dentro de ella había un sentimiento que necesitaba salir. Era como un volcán a punto de explotar y que jamás lo hacía. A veces era frustrante.
- No, también se me ocurre preguntarle cuando es el entierro.
- El entierro es pasado mañana. Será en el cementerio en donde despedimos a mi madre. A las 12 a.m.
- Clarisse, si, ha pasado mucho tiempo y para mi no eres la Clar que solía molestarme en los locos días de veranos pasados… pero sabes que si necesitas cualquier cosa… Solo tienes que llamar. Supongo.
Paola siempre fue cordial, servicial y detestablemente preciosa. Preciosa en sus “buenos días” y preciosa cuando se calzaba preciosos vestidos que realzaban su figura. Compartían la ropa, los accesorios y la vida. Pero por alguna extraña razón Paola no albergaba rencor, al menos no lo mostraba en ese momento.
Era exquisitamente honesta, espontánea e ingenua. Había enderezado su vida y ahora se dedicaba a vivir. Hizo la carrera de Publicidad y Marketing y cuando la terminó se fue a vivir a Nueva York. Era un espíritu libre.
El aire estaba cargado de humor negro, de miradas que hablaban sin pensarlo y de palabras que ni sonaban.
- Creo que mi presencia aquí empieza a sobrar. Pasado mañana estaré en el cementerio. Te daré mi pésame y me iré a Londres. A mi hogar. – Linds por el contrario era en cierto aspecto la antítesis. Le costaba abrir las compuertas de los sentimientos y cuando lo hacía esperaba no recibir dolor a cambio. Pero Clar eso no lo supo ver y cuando alguien le hace daño a una persona como Lindsay, no puede esperar cordialidad a cambio sin más.
- Es un alivio para mi saber que estaréis. Simplemente que estaréis.
Y se fueron. Habían tardado diez años en verse y no fueron capaces de dedicarse ni un triste adiós.
Se escuchó el ruído del Mercedes de Paola y del BMW de Lindsay. Acto seguido un chirrido de ruedas anunciaba algo. Clarisse estaba en la puerta, no se había movido.
Quien se dirigía era Lindsay. Corría, el pelo se alborotaba, los tacones parecían molestar y el jersey se descolocaba.
- Han pasado muchos años.
Y las dos se fundieron en un abrazo. Lindsay no soportaba la idea de perder los segundos una vez más pero tampoco estaba segura de cómo reaccionar.
- Lo sé. Jamás llamé. Me fui. Yo te odiaría si me hicieses algo así.
- Todavía te odio. Me tengo que ir. – Y se marchó. Tenía proyectos que entregar.
A veces la vida nos da un sorbo de su limonada para respirar. A veces nos arrebata todo lo que teníamos y nunca nos lo devuelve, teniendo que construir nuevas escaleras para subir a nuestros objetivos.
Porque hay comportamientos y maneras de actuar en la vida que no se entienden, son inexplicables, comportamiento nefasto, malas maneras y falta de entendimiento. Muchas veces los cambios de comportamiento, de carácter, son la consecuencia de muchísimas cosas que han pasado, muchísimas heridas que han quedado abiertas, sangrando... se han ido acumulando y que nunca se han zanjado, y no se han zanjado, no por no querer, no, sino porque no se ha tenido la capacidad para ello.
Eran tres niñas atemorizadas ante el futuro que les esperaba. Ante las nuevas perspectivas.
A fin de cuentas ¿qué podían reprochar Lindsay o Paola? Clarisse simplemente hizo algo que ellas también deseaban.
Irse. Correr. Escapar. Equivocarse.

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