Una mañana te despiertas y comienzas la rutina de todos los días, esa que pesa en los párpados, y cuando menos te lo esperas, una bofetada de esas que da la vida, te toca a ti. No quieres hacer nada, solo esperar a que el destino, el que deshizo tu lazo, lo vuelva a atar. Que te vuelva a atar a tu mundo, ese en el que estabas feliz, ese en el que sin querer, de repente, te viste colgando de un hilo.
Y tampoco entiendes muy bien el porqué, no logras hacerte con la respuesta porque simplemente no la tienes. Sólo piensas en dejarte llevar, en implorar a la lluvia que cese, que te traiga el arco iris y que te devuelva lo que te ha robado. Y entonces una nueva obsesión te atañe en el momento. ¿Qué era lo que tenías? ¿Qué era lo tuyo? ¿Qué te han robado? No sabes responder pero sabes que algo no marcha bien y deseas enmendar algo que no sabes si fue tu error, pero con ganas locas, con ganas arrolladoras deseas volver atrás. Volver al pasado porque te obsesiona demasiado, porque no sabes vivir sin tu pasado y no te enfrentas al futuro porque odias el presente. Y más que odiarlo no te conformas. No aguantas tu presente porque siempre quieres más y más y más… Y no paras de pedir. Te miras al espejo y te cuestionas una y otra vez qué es lo que eres, que es lo que piensan qué eres y qué es lo que tienes. Cuando piensas que tienes algo te vuelcas en ello, en ese asunto que tanto te preocupa. Y cuando quieres a alguien, y hablo de ese amor incondicional hacia una persona que comparta contigo para siempre los segundos, te vuelves irracional. Te vuelves empírica, como aquellos filósofos que no sabían nada, que no se fiaban de nada. Y tal cual así; no te fías de nada porque la vida te ha dado una bofetada y eso que tienes solo lo tienes cuando lo sientes a tu lado.
Te obsesionas con esa maldita lluvia que no para y te duele esa bofetada. Piensas una solución e intentas dar respuestas sin rumbo a las preguntas que nadie te contesta pero es como un laberinto, es como un rapto de tu ser, es como la angustia de quedarte en una roca en lo alto de las montañas gritando para que nadie te oiga. Porque es que simplemente no logras hallar con el camino de tu mente, con el camino en dónde tu mente y tu corazón se unan para hacer simplemente lo que les venga en gana. La angustia no para, la lluvia tampoco y ese despedazador dolor duele más. Duele como nunca porque los segundos pasan. La gente viene y va y tú te quedas inmóvil. Te quedas congelada porque no soportas los cambios, da igual el beneficio, tan solo no te gustan. Y más problemas que te buscas porque te gusta sufrir.
Logras por fin mirarte al espejo y observas que la lluvia va cesando pero no consigues que te curen las heridas, porque ese amor empírico-racional está ausente. Ni siquiera sabes si está. Tu angustia continúa y tus ganas de escapar se desatan. De repente deseas escaparte a esa roca y no gritar. Silencio. En silencio esperar. Silencio es lo que pides. Y después respuestas, dudas y buen tiempo. Pides arena suave, pides llegar a tiempo. Que el reloj no haya adelantado demasiado las agujas por si llegas tarde.
Porque simplemente sabes que te toca volver a sentir la lluvia, la bofetada, la angustia.
0 comentarios:
Publicar un comentario